Azul infinito para el traje inadvertido de la existencia

 

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La muerte es el vestido.

Es la acumulación de los siglos que nunca se olvidan,

es la memoria de los hombres sobre un cuerpo único

(…)

Vicente Aleixandre

Ocurre que a veces las ideas encuentran en el suceso un altar sobre el que elevarse. Este mes de abril se inauguró con la muerte de Jacques le Goff, el prestigioso historiador francés que cambió el curso de los estudios historiográficos, entendiendo que el devenir humano está implicado en todo lo que el individuo crea. Literatura y arte fueron, a partir de entonces, herramientas lícitas para comprender la historia. Digo que las ideas encuentran amparo en los acontecimientos, porque con esto descubro el pretexto para escribir sobre el conflicto entre Ucrania y Rusia, aunque no puedo sino entender que la política me invade y por excesiva me abruma. La única respuesta reside, entonces, en el arte.

El color viaja. Cuando atraviesa los siglos de historia ya no llama a la puerta de nuestros sentidos, sino que construye en nosotros percepciones simbólicas, premisas psicológicas que tiñen nuestra realidad. Cuando Goethe se propuso escribir sobre los colores, hizo del azul y el amarillo los dos polos esenciales de su sistema, dos extremos que en su unión creaban la armonía absoluta. Y fue precisamente en el siglo XIX cuando la bandera ucraniana abrazó por primera vez estos mismos tonos que conforman, en la actualidad, el emblema de su nación.

Que la bandera uniforme al país, del mismo modo que el vestido al hombre, es algo que no tengo demasiado claro. Lo que permanece, cuando vivo y estudio la historia, es la frontera, una cesura insalvable que hila el devenir humano. Ahí: la muerte.

Hablar de la guerra es hablar de la muerte, y pronunciar la muerte es afirmar la existencia. Es extraño como el presente, esa construcción fugaz ante la que levantamos, por contraste, la idea de pasado y futuro, nos proporciona una suerte de tarima sobre la que colocarnos frente a la historia y sentar cátedra acerca de lo divino y lo humano. La perspectiva, siempre ligada a la representación, nos sirve de herramienta para tratar de comprender el devenir de la civilización. El conflicto bélico tiene una extensión enorme y afecta casi a cualquier extracto de la existencia.

En esa poética del fin que me inspiran las imágenes del Este europeo me acojo a una tradición casi sinestésica de la psicología humana, para comprender qué hay detrás de todo lo que ocurre bajo la imagen de una guerra. En Humano, demasiado humano (1878), Nietzsche entendió que los poetas arrojan al presente una luz que le procura nuevos colores provenientes del pasado y de este modo se moldean como puente, no meta, y pueden ser utilizados como herramienta para comprender la historia. Escribo bajo los presupuestos de una naturaleza de agujeros negros que me permite viajar al presente a través del pasado.

Memorias del subsuelo (1864) es un auténtico tratado de la existencia, en el que la muerte no es explícita pero permanece en cada trazo de las palabras. Dostoievski lo escribió después del fallecimiento de su mujer, en un momento donde el fin era algo tremendamente reciente para él. De las cenizas del óbito germina la creación. Pero ¿detrás de la muerte está el azul?

Existe un deceso interior que no se expresa de un modo obvio, una pulsión que genera arte. Los límites del color azul, en cuanto a lo que significó en la historia de la mentalidad humana, no están claros, o al menos no tanto como paradójicamente, por ejemplo, pueden trazarse con el negro. En Roma, vestirse de azul era un signo de luto, en la Revolución Francesa adquirió carácter ideológico. La presencia del hombre se diluye como la de los colores y entiendo que hay una dimensión estética en el conflicto, a través de la que ilustrarlo. Por eso cuando me enfrento a las imágenes de esta guerra, que ya es realidad, me parece tan importante el color. La Plaza de la Independencia de Kiev (en la imagen), el centro neurálgico de lo que recientemente se ha acuñado como Euromaidán, es un ejemplo de esto.

Dice Dostoievski que la naturaleza humana actúa como un todo, al unísono con todo cuanto posee en sí, consciente e inconscientemente, y aunque a veces pueda engañar, a pesar de todo vive. Cuando tratamos de comprender nuestra realidad usamos también el color. La tonalidad de la muerte se matiza como en el cielo. Avanza del azul eléctrico al pastel, se tiñe de naranja con la luz del sol, y nos muestra el negro al final. Esta guerra, sea fría o no, se transmite y retransmite en azul, lo que deja, sin duda, paso al oscuro abisal del universo

El porvenir es vago pero nos movemos en presupuestos históricos que repiten un comportamiento pretérito, aunque no lo reaviven en la memoria. Hay un infinito pasado y otro futuro. También existe un infinito de la existencia, que la complica por incierto. Lo más difícil de la vida no es aceptar la muerte, sino que después venga la ausencia y entonces ella esté, no sea, inadvertida.

FONTE DA IMAXE
PREVIAMENTE PUBLICADO
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